Alicia conoció a “el susodicho” en un momento de cambio para ambos: nuevos espacios, nuevas ambiciones, un ambiente político-profesional donde, según las reglas no escritas del lugar, ser infiel no era una traición sino una herramienta de poder. Ella se resistió a entrar en ese juego. Él, no. Y sin darse cuenta, Alicia empezó a acumular señales que decidió ignorar: una propuesta de matrimonio sin anillo, una promesa que nunca se cumplió, y una mujer que “todo mundo conocía” apareciendo cada vez más cerca de su pareja.
La primera grieta llegó con una sola palabra encontrada en un mensaje de texto: “princesa”. Una palabra que él jamás le dijo a ella. Alicia confrontó, él negó, ella se disculpó por “desconfiar”, y el ciclo de perdón comenzó. Pero las señales no pararon: un joyero que él le preguntó si le gustaba terminó, semanas después, en manos de otra mujer. Cada vez que ella descubría algo, la respuesta era la misma — que estaba imaginando cosas, que el problema era ella.
Después de dos rupturas y varios años de idas y vueltas, algo cambió. Un mensaje grupal donde él presumía sus conquistas frente a todos — sin recordar que ella seguía en ese chat — encendió algo que ya no se apagaría con una disculpa. Alicia decidió que la próxima vez que él la buscara, no volvería como Alicia. Volvería como Leticia: la mujer dispuesta a jugar exactamente el mismo juego que él llevaba años jugando con otras.
Su plan no era cualquier venganza. Era quirúrgico: identificó el espacio de confianza más sagrado de él — su círculo de amistades, su “apoyo moral y político” — y eligió exactamente a la persona que más daño podía causar si caía. ¿Logró Alicia romper ese espacio de confianza como lo planeó? ¿Y qué precio pagó ella misma por cruzar al otro lado de la historia que tanto la había lastimado? Escucha el episodio completo para descubrirlo.