Ella tenía 19 años cuando lo vio por primera vez en una clase de música: él tenía 17, tocaba el bajo y, según ella misma confiesa, fue amor a primera vista. Pero el destino —o la costumbre— tenía otros planes: él ya llevaba años en una relación, y ella apenas salía de la suya. Lo que empezó como una amistad casual por redes sociales, con encuentros esporádicos en fiestas y tocadas, se convirtió poco a poco en algo más profundo, en un vínculo que se alimentaba de confesiones, consejos y una atracción que ninguno de los dos quería nombrar en voz alta.
Cuando ella finalmente se separa del padre de su primer hijo, él aparece como el paño de lágrimas perfecto: la escucha, la motiva, le dice todo lo que necesita oír. Y entonces llega la noticia que ella esperaba: “ya terminé con ella”. Empiezan una relación a escondidas de sus propios padres, quienes todavía no confiaban en que ella volviera a intentarlo. Pero los detalles pequeños —una perrita que no logran repartirse, un 14 de febrero sin respuesta, unos chocolates que se repiten en las historias de alguien más— empiezan a formar un patrón que ella prefiere no ver todavía.
La verdad explota cuando, revisando el perfil de la ex por casualidad, encuentra fotos, capturas de pantalla y fechas que no dejan lugar a dudas. La confrontación, las lágrimas, el bloqueo… y el perdón. Porque como ella misma admite, esta no es la primera vez que repite el mismo patrón. Lo que sigue es un noviazgo que se convierte en matrimonio, un embarazo que termina en decisión difícil, un segundo embarazo que sí llega a término, y una convivencia con la familia política que se vuelve insostenible. Todo mientras, en el fondo, algo empieza a resquebrajarse entre los dos de una forma que ninguno de los dos anticipó.
Porque cuando la relación se instala por completo —con hija, matrimonio y una vida compartida— empiezan a aparecer otras caras de la historia: peleas que escalan más allá de lo razonable, amenazas que involucran a una hija pequeña, un profesional de la salud mental que cruza una línea que jamás debió cruzar, y un nombre nuevo —el de un cantante llamado Leslie— que remueve algo que ella creía completamente enterrado. ¿Hasta dónde llega el patrón que se repite? ¿Logra ella romper el ciclo esta vez, o la historia se repite una vez más?