Hay infidelidades que comienzan mucho antes de que aparezca una tercera persona. A veces empiezan en una herida de la infancia, en una necesidad de sentirse deseado, en el miedo a ser abandonado o en esa necesidad silenciosa de que alguien nos confirme que todavía somos suficientes. En este episodio, el psicólogo Enrique Pacheco se mete de lleno en uno de los temas más incómodos de las relaciones: ¿por qué engañamos a la persona que decimos amar? La respuesta no parece estar solamente en el deseo sexual, sino también en el ego, la autoestima, la necesidad de reconocimiento y en los vacíos emocionales que intentamos llenar a través de alguien más.

Pero la conversación se vuelve todavía más inquietante cuando aparece una posibilidad: quizá algunas personas no engañan porque hayan dejado de amar, sino porque tienen tanto miedo de ser traicionadas o abandonadas que prefieren dar el primer golpe. Enrique cuenta que en terapia ha escuchado a personas admitir que fueron infieles simplemente porque pensaban que su pareja lo haría primero. Detrás de esa decisión puede existir una ansiedad enorme, una necesidad de protegerse y una historia personal marcada por el abandono. Y entonces surge una pregunta difícil: ¿qué pasa cuando una persona destruye una relación intentando evitar un dolor que quizá nunca iba a ocurrir?

A lo largo de la charla aparecen heridas que pueden acompañarnos desde la infancia: rechazo, abandono, humillación, traición e injusticia. Enrique explica cómo aquello que aprendemos dentro de nuestra familia puede terminar apareciendo, años después, en la manera en que amamos, confiamos, nos defendemos e incluso elegimos a nuestras parejas. También aparece una diferencia fundamental entre autoestima y ego: mientras la autoestima nace de aceptarnos y sentir seguridad en quienes somos, el ego puede convertirse en una especie de armadura que necesita constantemente compararse, competir y recibir aprobación.

La conversación llega entonces a un terreno todavía más íntimo: las fantasías que nunca se hablan, las necesidades sexuales que se esconden por vergüenza, el coqueteo que aparentemente “no significa nada”, las llamadas microinfidelidades y las parejas que dejan de comunicarse hasta que alguien encuentra fuera de casa aquello que no se atrevió a pedir dentro de ella. Pero también queda abierta una posibilidad: que la infidelidad no sea necesariamente una sentencia definitiva, sino una señal de que algo profundo necesita ser entendido y trabajado. ¿Pero qué sucede cuando descubres que quizá el verdadero problema nunca fue la tercera persona… sino la herida que llevabas contigo desde mucho antes de conocer a tu pareja?

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