Alicia conoció a Adrián de la forma más inofensiva posible: era el hermano de su mejor amigo, alguien a quien apenas ubicaba de vista mientras él vivía del otro lado de la frontera, en Estados Unidos. Todo empezó con un simple “me gusta” en Facebook, un corazón en una foto vieja, y una solicitud de amistad que ella aceptó sin pensarlo dos veces. Lo que siguió fue meses de mensajes de buenos días, promesas susurradas a la distancia y la ilusión de una familia que, según él, ya la incluía a ella. “Mi familia te quiere, mi hija te quiere, nada más me falta que tú me quieras”, le decía. Y Alicia, que ya cargaba las heridas de un matrimonio anterior donde nunca se sintió aceptada, encontró en esa familia el calor que tanto había buscado.
Cuando Adrián por fin regresó a México, la ilusión pareció materializarse: flanes hechos con cariño, salidas con los hijos de ambos, tardes enteras en casa de su mamá lavando trastes como si ya fuera parte de la familia. Pero algo empezó a no encajar. Las invitaciones siempre salían de ella, nunca de él. Las enchiladas que preparó con ilusión terminaron en la basura, comidas por los gusanos, mientras él simplemente dejaba de contestar. Poco a poco, entre “no tengo ganas de verte” y silencios que se volvían cada vez más largos, Alicia empezó a sentir que algo —o alguien— más ocupaba el lugar que ella creía suyo.
Las señales se acumularon: un teléfono puesto en modo avión justo antes de dárselo para tomar una foto, mensajes escritos a toda prisa que él ocultaba volteando la pantalla, una conocida que la reconoció en la calle y le preguntó, sin rodeos, quién era “el muchacho de las fotos”. Alicia empezó a investigar, a atar cabos, hasta que una noche, revisando el perfil de una desconocida, encontró un video que la dejó helada: un par de pies caminando en chanclas por la playa. Pies que ella reconoció al instante, porque los había visto antes en una foto que él mismo le había mandado.
Ese descubrimiento fue apenas el principio de una espiral que la llevaría a perder el apetito, el sueño y, por momentos, las ganas de seguir adelante. Buscó ayuda profesional, se sometió a tratamientos que jamás imaginó necesitar, y tuvo que enfrentar una pregunta que la perseguía cada noche: ¿por qué le costaba tanto soltar a alguien que, según sus propias palabras, “nunca fue nada” con ella? ¿Logró Alicia liberarse por completo, o esa familia que tanto amaba y esos “buenos días” que aún recibe la siguen atando a un pasado que se niega a cerrar? Escucha el relato completo para descubrirlo.